martes, 15 de noviembre de 2011

USTED Y EL LÁPIZ





El niño miraba a su abuelo escribiendo una carta. En cierto momento, preguntó:
- ¿Estás escribiendo una historia que nos sucedió a nosotros? ¿Y por si acaso, es una historia sobre mí? El abuelo detuvo la carta, sonrió, y le comentó a su nieto:
- Estoy escribiendo sobre vos, es verdad. Mientras tanto, más importante que las palabras, es el lápiz que estoy usando. Me gustaría que tu seas como él cuando crezcas. El nene miró el lápiz, intrigado, y no vio nada en especial.
- ¡Pero es igual a todos los lápices que vi en mi vida!
- Todo depende de la forma en la que tu mires las cosas. Hay cinco cualidades en él que, si conseguís mantener, serás siempre una persona que marcará la diferencia.
‘Primera cualidad:
Puedes hacer cosas grandes, pero no debes olvidar nunca que existe una Mano que guía tus pasos. Esta mano es la de Dios, y él debe siempre conducirlo en dirección a Su voluntad’.
‘Segunda cualidad:
De vez en vez necesito parar en lo que estoy escribiendo, y usar el anotador. Eso hace que el lápiz sufra un poco, pero al final, está más afilado. Por lo tanto, sepa soportar dolores, porque ellos lo harán ser una mejor persona’.
‘Tercera cualidad:
El lápiz siempre permite que usemos una goma para borrar lo que estaba mal. Entiende que corregir una cosa que hicimos no es necesariamente algo malo, sino algo importante para mantenernos en el camino de la justicia’.
‘Cuarta cualidad:
Lo que realmente importa en el lápiz, no es la madera o su forma exterior, sino el grafito que está dentro. Por lo tanto, siempre cuida lo que está en tu interior”.
‘Quinta cualidad del lápiz:
Él siempre deja una marca. De la misma manera, sepa que todo lo que usted haga en la vida, dejará marcas, y busca ser consciente de cada acción.

miércoles, 9 de noviembre de 2011

TIBURÓN

Los japoneses siempre amaron el pescado fresco. Sin embargo, las aguas cercanas al Japón no producen muchos peces hace décadas. Así, para alimentar a la población, ellos aumentaron el tamaño de sus buques pesqueros y comenzaron a pescar más lejos. Cuánto más lejos iban, más tiempo tomaba llegar con los pescados. Si el viaje de vuelta llevaba más que algunos días, el pescado ya no era fresco. Y a los japoneses no les gustaba el sabor de estos pescados. Para resolver el problema, las empresas pesqueras instalaron congeladores en sus barcos. Pescaban y congelaban los peces en altamar. Los congeladores permitían que los pesqueros fueran más lejos y quedasen en altamar por mucho más tiempo. Aún así, notaron la diferencia entre el pescado fresco y el congelado y no les gustó.
Entonces, las empresas de pesca instalaron tanques de peces en los barcos pesqueros. Ellos pescaban y los ponían en los tanques, “como sardinas”. Después de un tiempo, por la falta de espacio, los peces paraban de luchar y no se movían más. Entonces, llegaban vivos, pero cansados y abatidos. Y, nuevamente, los japoneses podían notar la diferencia en el gusto. Por no moverse durante días, los peces perdían el sabor a fresco. Los japoneses preferían el sabor del pescado fresco y no el sabor del pescado apático. Entonces, ¿resolvieron el problema? ¿Lograron traer los peces con puro sabor a fresco?
Cuando las personas alcanzan rápido sus objetivos, pueden descansar en las demás conquistas. ¡Y ahí está el gran peligro! Pueden empezar a pensar que no necesitan buscar tanto.
Para conservar el sabor del pescado fresco, los pesqueros siguen poniendo a los peces dentro de los tanques. Además de eso, también ponen un pequeño tiburón en cada tanque. El tiburón se come algunos peces, pero la mayoría de ellos llega “bien vivos” al mercado. Los peces se mantienen atentos todo el tiempo.
Si usted ya alcanzó sus objetivos, ponga otros mayores. Una vez que alcanzó sus necesidades personales y familiares, dé gracias a Dios y siga adelante en la conquista de mayores realizaciones. Pero nunca se acomode en la fe, ponga un tiburón en su tanque.

EL SABIO Y LA VAQUITA

Había una vez, en una tierra lejana, un sabio chino y su discípulo. Cierto día, en su caminata, vieron a lo lejos una cabaña. Al acercarse, notaron que, a pesar de la extrema pobreza del lugar, la casita estaba habitada. En aquella zona desolada, sin plantas ni árboles, vivía un hombre, una mujer, sus tres pequeños hijos y una vaquita flaca y cansada. Con hambre y sed, el sabio y su discípulo pidieron abrigo por algunas horas. Fueron bien recibidos. En cierto momento, mientras comía, el sabio preguntó:
“Este es un lugar muy pobre, lejos de todo. ¿Cómo sobreviven?”
“¿Usted ve aquella vaca? De ella sacamos todo nuestro sustento”, dijo el jefe de la familia. Ella nos da leche, que tomamos y también transformamos en queso y cuajo. Cuando sobra, vamos a la ciudad y cambiamos la leche y el queso por otros alimentos. Es así que vivimos.
El sabio agradeció la hospitalidad y partió. Ni bien hizo la primera curva en el camino dijo al discípulo:
“Vuelva, agarre a la vaquita, llévela al precipicio de allí adelante y tírela hacia abajo.”
El discípulo no lo creyó.
“¡No puedo hacer eso, maestro! ¿Cómo puede ser tan ingrato? La vaquita es todo lo que ellos tienen. Si la tiro al precipicio, no tendrán como sobrevivir. ¡Sin la vaca, se mueren!”.
El sabio, como todos los sabios chinos, apenas respiró hondo y repitió la orden:
“Vaya y empuje a la vaca en el precipicio.”
Indignado, pero, resignado, el discípulo volvió a la cabaña y, suavemente, condujo al animal hasta el borde del abismo y lo empujó. La vaca, como era previsto, se estrelló allí abajo.
Pasaron algunos años y durante ese tiempo el remordimiento nunca abandonó al discípulo. En un cierto día de primavera, carcomido por la culpa, abandonó al sabio y decidió volver a aquel lugar. Quería ver qué era lo que había sucedido con aquella familia, ayudarla, pedirle disculpas, reparar su error de alguna manera. Al doblar por el camino, no creyó lo que sus ojos vieron. En el lugar de la cabaña desierta había un lugar maravilloso, con muchos árboles, piscina, un auto importado en el garaje, una antena parabólica. Cerca de la parrilla, había tres adolescentes robustos, celebrando con su padre el primer millón de dólares ganado. El corazón del discípulo se congeló. ¿Qué le había sucedido a esa familia? Seguro que, vencidos por el hambre, fueron obligados a vender el terreno e ir a otro lado. En ese momento, pensó el aprendiz, deben estar mendigando en alguna ciudad. Se acercó, entonces, al casero y le preguntó si sabía el paradero de la familia que había vivido allí hacía algunos años.
“Claro que sé. Usted la está mirando”, dijo el casero, apuntando a las personas alrededor de la parrilla.
Incrédulo, el discípulo pasó el portón, dio algunos pasos y, llegando cerca de la piscina, reconoció al mismo hombre de antes, sólo que más fuerte y altivo, la mujer más feliz, los chicos, que se habían convertido en saludables adolescentes. Espantado, se dirigió al hombre y le dijo:
“Pero ¿Qué sucedió? Yo estuve aquí con mi maestro hace un año y este era un lugar miserable, no había nada. ¿Qué hizo para mejorar tanto su vida en tan poco tiempo?”.
El hombre miró al discípulo, sonrió y respondió:
“Teníamos una vaquita, de la que sacábamos nuestro sustento. Era todo lo que teníamos. Pero, un día, se cayó en el precipicio y murió. Para sobrevivir, tuvimos que hacer otras cosas, desarrollar habilidades que ni sabíamos que teníamos. Y fue así, buscando nuevas soluciones, que hoy estamos mucho mejor que antes”.

EL SABIO Y EL ESCORPIÓN



Una vez, en la India, un sabio paseaba, con su discípulo, al margen del río Ganges, cuando vio un escorpión que se ahogaba. Entonces él corrió, y con la mano, saco el animalito y lo trajo a tierra firme. En aquel instante, el escorpión lo pico. Dicen que es un dolor terrible. La mano del sabio se hinchó. Así que él lo colocó en el suelo, pacientemente, el escorpión volvió al agua. Y él, con la mano hinchada y aquellos terribles dolores, fue y lo saco nuevamente, y él discípulo lo observaba. La tercera vez que el trajo el escorpión, con la mano bastante hinchada y los terribles dolores, él lo colocó en tierra más distante. El discípulo no soportó más aquello, y dijo: "Maestro, no estoy entendiendo. Este animal... es la tercera vez que mi señor lo retira del agua y de esta manera pica su mano. Mi señor debe estar sufriendo dolores horribles." Y él con la fisonomía plácida de las almas que conocen el secreto del bien, de aquellos que ya realmente conquistaron un territorio de amor y de renuncia en el corazón, que han visto las verdades celestes, se dirige hacia el discípulo y le dice: “¡Mi hijo, mientras que la naturaleza de él es la de picar, la mía es de salvar!”

LA 4° ARMA DEL DIABLO

El diablo tiene tres armas para acabar con el hombre y la mujer de Dios que están o quieren ir hacia el altar. Pero, existe una más que es fatal, y si el hombre y la mujer de Dios no vigilan, caerán por ella.
1. La primer arma del diablo es poner mujeres en el camino del hombre de Dios, y hombres en el camino de la mujer de Dios. El diablo hace eso para debilitar al hombre o a la mujer de Dios.
2. La segunda arma usada por el diablo puede hasta parecer una bendición de Dios, que es la prosperidad. El diablo hace eso para que la persona prospere y pierda el brillo por la obra de Dios en el altar, porque él sabe que si esa persona llega al altar será un éxito rotundo. Observación: Tenemos que tener una vida bendecida antes de ir al altar, pero, sin sacar la mirada de lo que queremos, que es salvar almas.
3. La tercer arma es el orgullo, pues el diablo logra cegar a la persona, haciendo que no perciba que es orgullosa, porque un orgulloso, la mayoría de las veces, no sabe que es orgulloso.
Ahora vamos a nuestra historia para que usted descubra cuál es la 4ª arma usada por el diablo para destruir a los que hacen la obra de Dios.
Había un pastor en una iglesia que tenía éxito en todo lo que hacía. Tenía comunión con Dios y andaba en santidad, orando, ayunando y leyendo la Biblia. Donde el iba, se desarrollaba el trabajo. Y más, muchas personas se convertían, pues allí había cura, milagros, etc.
El diablo, viendo esto, hizo una reunión en el infierno y envió su primer demonio, la Pombagirada. Y ella le dijo al pastor: ¡Te voy a derrumbar!
El pastor amarró lo que el demonio había hablado, oró, ayunó leyó la Biblia, fortaleció su matrimonio, y ella se fue.
El diablo convocó otra reunión y resolvió mandar al Oxuavaricia para llenar los ojos del pastor de ambición material. Nuevamente, el pastor oró, ayunó, leyó la Biblia, sacrificó todo lo que tenía y el diablo cayó por tierra.
Indignado, el diablo envió Oxuorgullo para llenar el corazón del pastor de orgullo. Pero el pastor oró, ayunó, leyó la Biblia, y se humilló delante de Dios. Y, una vez más, el diablo cayó por tierra.
El diablo vio que todos sus intentos habían sido frustrados. Enojado, decidió mandar a esos tres demonios a la iglesia de aquel pastor para ver dónde se equivocaba. Y para allá fueron, sólo estudiando y marcando sus pasos.
Un día, los tres demonios, aún sin haber conseguido nada que pudieran usar contra el pastor, vieron pasar a otro demonio por aquella iglesia. Venía él de lejos, lentamente, usando bastón, con un aspecto cansado. Y los tres demonios comenzaron a burlarse de él. “Viejo cansado, ¿qué estás haciendo por acá?”. Y entonces le preguntaron su nombre.
Él miró de reojo, se rió de forma sarcástica y dijo: “¿Mi nombre? Yo soy el OXUTIEMPO. Y ustedes, ¿qué hacen por acá?”.
Y los otros demonios le contaron su misión y cómo habían fracasado hasta ese momento. Y entonces, le dijo a los tres: “esperen que yo les voy a dar la orden para cuando deban actuar”. Y dijo más: “No tengan prisa, porque yo sé cómo trabajar”. Y aquel demonio empezó a actuar sutilmente.
Primero, le sacó el tiempo al pastor, llenando su agenda de cosas para hacer. Luego, él no tenía más tiempo para ayunar, y se debilitó. Después, le sacó el tiempo para leer la Biblia, y él no escuchó más la voz de Dios. Y sin oír la voz de Dios, su comunión se enfrió. Entonces, fue ahí que ese demonio dio la orden para que los otros entraran en acción. Y, así, aquel pastor que era un éxito rotundo, cayó.
El tiempo es la 4ª arma usada por el diablo para enfriar la fe de los que perseveran. A veces, él nos atarea mucho. Otras, él hasta provoca un falso sentido de bienestar, hace que las luchas cesen por un tiempo para que nos acomodemos en la fe. Y es así que él nos derrumba.
Recuerde siempre de dónde vino, de dónde salió, y de lo que Dios hizo en su vida para mantenerse siempre en la fe. El vencedor no es el que empieza, sino el que termina.

lunes, 7 de noviembre de 2011

¿QUIERE SABER QUIÉN ES QUIÉN?

¿Quiere identificar al hipócrita para huir de él?
¿Quiere saber si la persona es de Dios para formar una familia?
¿Quiere saber si su novio/a es de Dios?
¿Quiere saber si la persona es de Dios para hacer una sociedad?
¿Quiere saber si el predicador es de Dios para escuchar su voz?
¿Quiere saber si la iglesia es dirigida por el Espíritu de Dios?
¿Quiere saber si su compañero de iglesia es de Dios?
Acá va el consejo:
“Entonces Jesús dijo a sus discípulos: Si alguno quiere venir en pos de mí, niéguese a sí mismo, y tome su cruz, y sígame”, (Mateo 16:24).
Sacrificio, sacrificio y sacrificio.
Verdaderamente, esa es la única actitud que separa:
Al verdadero seguidor del falso;
Al sincero del hipócrita;
Al fiel del infiel;
Los escogidos de los llamados;
Los que sirven a Dios de los que no Le sirven.
¡No hay forma!
Los hijos de la carne odian sacrificar.
Saben que el sacrificio exige coraje para la entrega total e incondicional. Y por causa de la cobardía, huyen.
Dudo que el hipócrita tenga coraje de Negarse a sí mismo, tomar la cruz y seguir a Jesús.
¿Sabe por qué?
Porque el hipócrita quiere todo listo, quiere vagancia, facilidad, en fin, ventajas personales. Sólo piensa en sí mismo.
Los hipócritas consideraban la ofrenda más importante que el altar.
Jesús preguntó:
“¡Necios y ciegos! Porque ¿cuál es mayor, la ofrenda, o el altar que santifica la ofrenda?”, (Mateo 23:19).

EL PASTOR Y EL FARO

Había una pequeña ciudad del lado oeste de los Estados Unidos, a las márgenes del Océano Pacífico, próspera y progresiva. No era grande, pero tenía calles largas y limpias, parques arborizados y los barrios crecían rápidamente.
La arena blanca de la playa era como un collar entre los verdes de los montes y el azul del mar. Y era allí, en el mar, que estaba la riqueza del poblado: la pesca.
Cada noche, los barcos barrían las aguas con sus redes, trayendo una cantidad de peces tan grande que muchas fábricas se instalaron para industrializar y exportar el pescado.
En la entrada de la bahía, había un faro antiguo que durante años prestaba el valioso servicio de guiar a los pescadores en las noches oscuras de tempestad, iluminándoles el camino en el mar.
En esta ciudad, había también una iglesia, que era la única. El pastor luchaba con todas las fuerzas para concientizar a las personas del Evangelio y del Juicio de Dios. Pocos le daban atención y menos aún frecuentaban sus reuniones. Pero el hombre no desanimaba.
Se levantaba temprano y pasaba un buen tiempo orando sobre el altar, visitaba los enfermos, atendía a los que le buscaban y además se preocupaba de encender el faro todos los días puntualmente a las cinco de la tarde.
La ciudad crecía y los negocios aumentaban. Los barcos eran más modernos y traían cada vez más peces. El mar era muy abundante. Cuanto más barcos venían, mas peces aparecían en las aguas. Nadie volvía con la red vacía. Noche clara u oscura, al sacar la red, allá estaba el valioso tesoro que movía la vida de la ciudad.
En una radiante mañana de sábado, el pastor, ya con cierta edad, murió. Con excepción de los miembros de la iglesia, nadie percibió el hecho. Sin llamar la atención de nadie, el laborioso soldado del Evangelio partía de la misma forma que había vivido.
Sintiendo aquella perdida, los miembros de la iglesia enviaron una carta al intendente, pidiéndole que buscara otro pastor. Pero, ninguna respuesta les fue dada.
El intendente era alguien muy ocupado. Un gran mercado de pesca estaba siendo construido para atender a los compradores de todas partes. Eran, en la mayoría, representantes de las grandes fábricas de América que iban a cerrar lucrativos negocios. Había también planes para una nueva escuela y ampliación del hospital. Con tantos proyectos importantes, era muy difícil conseguir la atención de aquel hombre.
Cuando todo parecía ir bien, la pesca pasó a ser escasa. Las redes, que antes venían llenas, pasaron a venir vacías. Al principio no se le dio importancia al hecho, en fin los almacenes estaban llenos. Pero, con el pasar del tiempo, el problema se agravó. Los barcos eran lanzados al mar, barriendo cada centímetro de las aguas, pero, sin obtener éxito.
El mercado quedó vacío. Las fábricas cerraron y los empleados fueron despedidos. La construcción de la escuela fue rechazada, como también la reforma del hospital. Muchos especialistas fueron consultados, pero en vano. Nadie sabía, pero el hecho es que el pez ya no venía a la red.
Desesperados, los pescadores continuaban su lucha. Con la esperanza de un cambio, salían todas las noches para la pesca, y fue en una de esas noches que una tempestad rápidamente se formó sin que ellos lo notasen. Con el mar revuelto y el cielo, cubierto de nubes, sin ninguna luz. Sin visión para navegar, uno de los barcos, movido por las olas, fue lanzado violentamente contra el faro, que, desde la muerte del pastor, nunca más fue encendido.
En la mañana siguiente, el intendente estaba desahuciado en su gabinete. Él había intentado de todo lo que estaba a su alcance, sin éxito. Pensativo y cabizbajo, vio sobre la mesa la carta de los miembros de la iglesia, que decía:
“Señor intendente, nosotros, los miembros de la única iglesia de la comunidad, informamos a Vuestra Excelencia el fallecimiento de nuestro pastor. En su ministerio, él oraba todos los días por nuestra ciudad y pedía a Dios que nunca faltase pez en el mar.
Preocupado con los pescadores, también encendía todas las tardes el faro para guiarlos en las noches oscuras. Nunca desanimó. Si no tuviéramos otro hombre de Dios que bendiga la pesca y encienda el faro, los peces van a escasear y, en una noche oscura, nuestros barcos correrán el riesgo de naufragar, lanzados por las olas contra alguna roca en el mar.”
El intendente encontró así la respuesta que buscaba. Los hechos ahora eran claros y obvios a su frente. “¿Pero como nunca me di cuenta de este hombre y su trabajo?”, se preguntaba el intendente.
A partir de allí, él entendió que el pastor era como el faro, que no emite la luz sobre sí mismo, sino sobre las olas del mar para iluminar el camino de los hombres. Aquel trabajo anónimo era de un extraordinario valor.
Así debe ser el pastor, un faro encendido por Dios. No se ilumina a sí mismo en búsqueda de la gloria del mundo, sino que lanza su luz para mostrar a los hombres el camino de Dios. En su clamor, bendiciones son alcanzadas y problemas evitados.
Muchas veces solo nos concientizamos de esto cuando los perdemos y nos enfrentamos con los problemas. Ahí, sólo nos resta aprender a lección de la importancia del clamor de un hombre de Dios. ¿No es eso lo que dice la Palabra del Señor?
“Y busqué entre ellos hombre que hiciese vallado y que se pusiese en la brecha delante de mí, a favor de la tierra, para que yo no la destruyese; y no lo hallé.” (Ezequiel 22:30)